Cuando perdemos la salud

Posted On lunes, 24 de octubre de 2016

Cuando perdemos la salud
La pérdida de la salud, con un accidente o un diagnóstico inesperado, conlleva un proceso de duelo y adaptación personal. Por supuesto, este proceso va a depender de las características tanto personales como circunstanciales (dependerá de mi personalidad, el apoyo percibido, las características del daño y su reversivilidad, la pérdida funcional…etc).

Lo cierto es que, salvando las particularidades de cada caso, cuando te diagnostican una enfermedad grave automáticamente hay una pérdida de identidad, el “Yo sano” pasa a ser el “Yo enfermo”, el “Yo mutilado”… y esto requiere un tiempo, no se puede asumir inmediatamente. Primero suele ocurrir el proceso de adaptación racional, que vehiculiza y permite la adaptación emocional posterior.

Y es que esto también es un proceso de duelo, duelo por la salud, que a veces supone una pérdida irreversible, unas graves secuelas, una pérdida de funcionalidad, una pérdida de roles o un proyecto vital. Durante este proceso de adaptación y cambio, es normal comenzar con una negación de la situación. Esta negación es totalmente normal y adaptativa, es un paréntesis que hace tu cabeza para poder procesar todo lo que está sucediendo, todos necesitamos un tiempo y poco a poco la realidad se irá imponiendo.

Es importante también estar abiertos y permitirnos expresar emociones negativas. Y hablo de permitirnos porque también nos tenemos que dar permiso para estar mal, llorar y sacar el dolor. No hay emociones malas, lo desadaptativo en este caso sería negar toda emoción, o bloquearla. Cuando la emoción está ahí y no la permitimos salir, puede resultar más perjudicial a largo plazo. Como decía Frida Kahlo, “amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”.

A veces es la propia familia o entorno la que bloquea la expresión emocional. Mensajes como “esto no es nada” , “no hay que estar mal” o “mira Fulanito que le ha pasado algo peor y no está así”, nos pueden dejar confundidos y sentir una intensa soledad emocional. En la gran mayoría de las ocasiones, estos mensajes son bienintencionados, pero pueden causar un intenso dolor a la persona enferma.

Es importante entender, hablar y perdonar también al familiar. Normalmente él/ella está intentando ayudarte, pero no tiene recursos para hacerlo o se siente incapaz de tolerar tu sufrimiento, por eso lo niega, porque no puede soportarlo. Todos tenemos un sistema de defensa ante el sufrimiento, y a menudo ver sufrir a alguien querido es más doloroso que el sufrimiento propio. Pero esto no solo ocurre en el ámbito familiar, también con conocidos. y es que el dolor y el sufrimiento es difícilmente tolerado, que alguien me hable de su dolor es encontrarme con mi dolor, por lo que el camino rápido es cortarlo y negarlo. Es importante comprender y apoyar el sufrimiento de ambas partes, paciente y familia, así como proveer del espacio emocional y comunicación que faciliten el proceso.

Este proceso termina con la readaptación del paciente a su situación: la asunción de una nueva identidad que puede ser reversible o no, así como el inicio de un proyecto vital (que puede ser un reajuste del proyecto vital anterior, o totalmente diferente). Hay personas que tras este proceso experimentan un fenómeno conocido como crecimiento postraumático. Son personas altamente resilientes, capaces de tranformar experiencias dolorosas en experiencias de cambio positivas.

“Por complejo que pueda resultar afrontar y vivir una enfermedad grave, no solamente podemos superarla, sino que también podemos rescatar de ella toda una privilegiada lección de vida” Silvia Abascal, en su libro Todo un viaje, escrito tras sufrir un ictus con 32 años.
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